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La Parcela
Uno
no pertenece al lugar donde nace,
si no a aquel en el cual por primera vez
uno echa una mirada inteligente a sí mismo.
Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano
Era
noviembre de 1984. Entonces era sólo un sitio eriazo lleno de zarzamora,
algunos duraznos y damascos viejos y muchos sauces muertos, que indicaban la
falta de agua y de cuidado. Varios nidos de avispa entre la ortiga que lo invadía
todo. Sin embargo más pudo el aroma del espino en flor, el mar de dedales
de oro, la cicuta florida, el agua cristalina y cantora de la vertiente, la
interminable y perfecta pirca que la encerraba y la pequeña casa de adobe,
para que uno viera duendes y hadas detrás de cada tronco y debajo de
cada piedra. La casa aunque muy abandonada, tenía un encanto especial
y olía a madera añosa de sabe Dios qué misterios.
Adentrarse
por el bosque de espinos era entrar a una Caja de Pandora. Nuestros pasos espantaban
a miles de codornices, que salían alborotadas en bandadas. Las liebres
y conejos no estaban acostumbrados a que nada humano los molestara y luego de
un tenso segundo de inspección , corrían a esconderse en sus guaridas.
De vez en cuando y prácticamente de entre nuestras piernas avanzaban
veloces y sigilosas culebras. Eran generalmente de color café, pero una
vez vi una muy hermosa, verde-fuerte con una larga franja negra. Muy tímidas,
nunca nos hicieron nada. También habían arañas pollito.
Tenían un hermoso pelaje café con lunares negros. Tampoco tuvimos
problemas con ellas; escurridizas, huían veloces a esconderse en sus
hoyos entre la maleza. Los nidos de diferentes especies de pájaros en
las ramas de los espinos eran motivo de alegría y curiosidad. Una vez
ubicados, iba a verlos todos los días. Había huevos de todos colores;
unos lisos, otros con lunares. Los zorzales hacían sus nidos mezclando
la paja con barro.
Las
lagartijas eran parte de nuestro vecindario. Exóticas en sus vestidos
tornasolados azul turquesa, tomaban el sol en las pircas y muchas de ellas también
dentro de la casa. El concierto de grillos y cigarras en la noche, era impresionante.
Había
mucho por hacer, y la responsabilidad de poseer la tierra nos obligaba. Pagamos
el noviciado varias veces. Nunca habíamos incursionado en el trabajo
agrícola o de administración de predios. El hecho de vivir relativamente
lejos, no nos permitía una supervisión que era muy necesaria.
Sin embargo, la tentación y el desafío de tener si no total, algún
tipo de autosuficiencia, era muy grande. Teníamos agua de vertiente,
la leña del espino para calentarnos, fruta de los damascos y ciruelos,
algunos almendros, y la tierra y las ganas de cultivarla que eran muchas.
Lo
primero fue comprar libros sobre el tema, herramientas y semillas. Había
que empezar por limpiar. La zarza y la quila cubrían árboles enteros.
Fueron muchos los árboles secos que hubo que talar. Quedó un sólo
sauce, que pasó a ser algo muy querido.
Recién
en mayo del año siguiente, tuvimos un pequeño pedazo de tierra
despejada de hierba, trabajada y lista para la siembra. Algo se había
avanzado en el control de plagas y teníamos un millón de proyectos
para la parcela.